Carta en homenaje a D. Andrés Hierro Hernández, más conocido por «El Rubio».

19 Mar 2015

Buenas tardes a todos y muchas gracias por estar aquí, acompañándonos, en este emotivo evento de homenaje a mi abuelo.

homenajeElRubioEn primer lugar, en nombre de mi familia y en el mío propio, queremos agradecer al Sr. Alcalde D. Rafael Perdomo y toda la Corporación del Ilmo. Ayuntamiento de Pájara el haber tenido a bien rendirle un homenaje y colocar esta estatua a mi abuelo D. Andrés Hierro Hernández, más conocido por «El Rubio».

Andrés Hierro nació en Morro Jable el día 4 de febrero de 1910 hijo de Rafael y Florencia miembro de 4 hermanos. De pequeño quedo huérfano de padre y su madre se casaría más tarde con el Sr. Avelino que aportaba de su antiguo matrimonio 3 hijos, y fruto de esta unión nacieron 3 hijos más. A pesar de ello se criaron juntos y siempre se miraron como si hermanos de nacimiento hubieran sido.

«El Rubio» creció y se crió en la orilla de la playa, siendo el mar su pasión y su forma de trabajar; llegando a ser un gran marinero y un excelente pescador. Y, según se dice uno de los mejores navegantes a la vela de esta zona.

Se enamoró de una chica de este pueblo llamada Asunción, casándose con ella y tuvieron 11 hijos, pero dios les quita a 2 gemelos a muy corta edad.

«El Rubio» era un hombre con inquietudes y con miras de futuro, así que con ayuda de su esposa monta la primera tienda del pueblo, llamándose tienda de ultramarinos nº 1. La mercancía la traían los hermanos González desde Gran Tarajal con su mismo barco: el «Media Luna» o el «San José», y ya más tarde vendría por carretera en camiones.

En varias ocasiones aparte de buscar mercancía y la poca comida en la isla, se desplazaba con su barco a la vela hasta Lanzarote, de donde traía grano, papas, batatas, cebollas y todo lo que encontraba.

A él lo conocían en todos los lados y lo apreciaban y respetaban por su seriedad y pongo por ejemplo dos anécdotas de las muchas que se pueden contar:

En una fiesta de S. Juan aquí en el Morro hicieron en copas, porque en las tiendas de antes también se servían copas como si de un bar se tratara, pues hicieron una caja de 600 ptas., un gran capital entonces. Se acostaron ya de madrugada y dejaron los billetes en la caja que existía en el mismo mostrador, pero miren ustedes, la cara de sorpresa que pusieron cuando se levantaron: un ratón se metió en el cajón y los billetes los hizo trizas para hacer su nido, todo su gozo en un pozo. Entre lagrimas y suspiros cogieron los trocitos de billetes y los metieron en un sobre, coge ese hombre su barco iza la vela y para Gran Tarajal. Cuando llega se dirige al banco y les cuenta lo ocurrido, no tuvo que dar más explicaciones el banco y le entregaron las 600 pesetas porque su palabra bastaba.

Otra anécdota: en un viaje que da a Gran Tarajal, ve un barco recién hecho que estaba en venta, llamado «la pájara», desde el primer momento se le metió por los ojos y se enamoró de él como si de una mujer se tratara. Se vino para el Morro y cuando llegó lo contó, él no tenía otro tema de conversación que «la pájara».

Aquella noche ni durmió, y al amanecer del día echa la vela a su barco y partió a Gran Tarajal de nuevo. Después de darle otra vuelta a «la pájara» se fue a hablar con D. Manuel González, el dueño de los almacenes González, y éste le dijo que si era por dinero, que él lo ponía y que se lo fuera pagando como él pudiera y con un estrechón de manos cerraron el trato. Aquella tarde apareció «el Rubio» con «la pájara» en el Morro más contento y más feliz que el día que nació.

Él iba a la mar con sus hijos pero más tarde le detectaron un cáncer de garganta y lo tienen que operar con muy pocas posibilidades de que volviera a hablar, pero se somete a esa operación y todo sale muy bien y no perdió el habla. En el tiempo que estuvo en Las Palmas con su operación aquí no había ni teléfono ni correo, y de la única forma que la familia se podía comunicar y enterarse de su estado era que Juan «el patrón». Cuando pasaba en el barco de cabotaje del que era patrón se acercaba a tierra lo mas que podía y con un barquillo iban hasta el barco y traían y llevaban los recados y luego Juan en Las Palmas iba hasta el hospital para visitarlo y dar y traer mensajes sobre su estado. Hoy quiero aprovechar la ocasión en nombre de mi familia para dar las gracias públicamente a este gran hombre.

Mi abuelo como es sabido por todos se dedicaba a coger el pescado de todos los marineros, arreglarlos y salarlos con ayuda de sus hermanos, y los llevaba a Las Palmas para venderlos y al mismo tiempo traer mercancía para su tienda. Pero miren ustedes por donde «el Rubio» tenía una debilidad: le gustaban mucho las mujeres, y creo que esa debilidad la han heredado algunos de sus hijos y algunos nietos. Cuando llegaba aquí decía, mal viaje, la mitad del pescado se mojó y lo tuve que tirar por la punta del muelle. En unos de sus viajes cuando dijo mal viaje, su hermano Agustín le dijo: Andrés tu siempre tienes mal viaje, en un tono un poco duro. Pero lo que si hacía en otro viaje se recuperaba y nunca dejó de pagarle a la gente que le confiaban el pescado.

Después de su enfermedad fue muy poco a la pesca, ya que se quedaba en tierra ayudando a sus hijos o bien remendando chinchorros, haciendo guelderas o nasas.

Así fue envejeciendo y engordando y ya era típico verlo sentado con la silla al revés delante de su tienda echándose un trago de ron al chorro y fumándose sus krugers.

El día 9 de agosto de 1997 día triste para la familia mi abuelo nos deja para siempre. Fue el primer tronco que se partiría de este árbol que el tanto tiempo mantuvo derecho, mas tarde también parte mi abuela Asunción. Este árbol empieza a desquebrajarse, porque más tarde perdemos el injerto de una de sus ramas: Juan Placeres, más tarde se parte una rama: Tita y por último se perdió un retoño fresco y verde, nuestro querido Julián.

Sé que en estos momentos estarán todos juntos allá arriba, viéndonos en estos momentos, y saben que jamás los olvidaremos. Por eso padre hago este brindis al más grande de tu estilo.

Muchas Gracias a todos.

Nota: Este texto fue leído por el nieto del «Rubio», D. José Gil Hierro, y en el momento del brindis final ingirió un largo trago de Ron Arehucas desde la botella tal y como hacía su abuelo.

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